Flora principatur

From my rotting body, flowers shall grow 
and I am in them and that is eternity.

—Edvard Munch


    Últimamente olvido las fechas. El calendario permanece arrumbado en la pared, sin tachaduras, y como que ya no escucho los cañonazos del segundero. Parece que he desaprendido a aprehender el tiempo. De vez en cuando y como por costumbre todavía me oigo a mí mismo preguntar "¿qué hora es?", "¿qué día es hoy?". Y la respuesta, ínfimo detalle, parece ser superada por una cotidianidad más viva que antes.

    Había olvidado que es mayo.

    A veces, en este lado del mundo, perdemos la noción de las estaciones. Lluvia y sequía, como meros estados meteorológicos intercambiables. Olvidamos, quizá, ver el mundo alrededor. Olvidamos ver cómo el sol templa el verdor, cómo se explaya el capullo. Olvidamos la abeja revoloteando en torno al café. Y en este constante olvidar, adormecido en la rutina y casi sin querer, termino olvidándome a mí mismo.

    Hace tiempo que no escribo. No me encontraba. Todo me parecía vano, banal. Solía envidiar todos los términos raros, el discurso del alma y toda esa mierda mistagógica. Quería para mí todas esas palabras  hermosas que se derraman de los labios de otros hombres (más curtidos, más sabios). Me sentía, de repente, indefenso, como si mi madre me dejase huérfano en pos de otras bocas que alimentar. Pero me he dado cuenta de que no puedo hablar con una voz que no me pertenece. Mi imagen está en mi voz. Tosca, enrevesada, tautológica, grave, sobreadjetivada. Pero mía. Testimonio ontológico inmarcesible.

    Me descubro ahora, en esta tardía primavera: visión deviniendo cuerpo, tratando, luchando por hacerse cuerpo.

Cuerpo que ignoré lo suficiente. Cuerpo que maldije. Cuerpo de asfixia.

Cuerpo indómito padeciendo.

    He dejado de negar mi propia casa. Apenas ahora logro vislumbrar, entre abismos brumosos, algún dejo de ineluctable esplendor. Estas flores no estaban aquí antes. Esta carne —con sus imperfecciones, con sus pulsiones— alberga la sangre y tinta, la imagen consagrada a una melodía perenne, a una eufonía insistente. Lo veo en mis manos, en las sonrisas, en las condescendencias, en apacibles miradas ajenas.

    Hoy he recordado que es mayo. Los acordes de Orff resuenan en las paredes y el cuarto parece otro. Me arropa un arrolladora humanidad. Y este desordenado sosiego, esta lucha incesante, azarosa, absurda, es lo que me mantiene en pie. No es extraño para un músico jugar con los matices: ese oxímoron taladrando su imposibilidad semántica en mi oído era, después de todo, la vida.

    Hoy recordé que incluso en medio de la muerte, del rutinario martirio, algunas cosas reverdecen.

    Hoy me siento ser.

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