Los muchos que soy
Este escrito es una isla, una casa, un lugar seguro contra toda hostilidad. Pero mi isla es solo mía. No podrás ver el encierro que huele a selva, a verdes prados, a peñascos y otros vestigios de las calamidades del tiempo. No sentirás la vida como sol quemando en la piel, como arena filtrándose entre los dedos de los pies. Aquí habito. Con el cielo, con el ramaje que apacigua la lluvia y el granizo; con mi voz; con el silencio. Pero todo lo que algún extraño podrá ver son palabras en una pantalla o sobre un papel, un estilo literario medianamente pulido y un léxico gastado, destinado a la mediocridad.
Aquí, en medio de la nada, en un mar de incertidumbres, me escondo entre las letras. Pero reconozco la fuga en mi aislamiento, el silencio me devuelve la mirada. En esta tierra infértil aprendí a sentir, a compartir un espacio. Cohabito con criaturas que desconozco. Criaturas que me han robado el rostro.
Hay quienes dicen que no eres más que lo que otros piensan de ti, la visión reflejada en el ojo del colectivo. Yo difiero. ¿Es que no puedo sentir lo que hay en mí como propio, la certeza o la duda? ¿Debo acallar el clamor del espejo, por muy mentiroso que este sea? Me parece que la única cosa que es nuestra por derecho es la opinión. Sin embargo, sé, muy dentro de mí, que esto también es una falacia...
Ellos viven, los he visto en estos muelles, en estas colinas. No como fantasmas, sino como realidad viva, consumiendo mis huesos, retorciendo mis músculos. Están allí siempre, susurrando. Los veo ir y venir y desaparecer. Los siento agolpándose en los rincones para luego rondar por uno o dos minutos..., o una hora. No entiendo este juego de máscaras y disfraces; quisiera poder dominarlo, invocar al Oscar correcto a voluntad. Pero huyen de mí, huyo de mí mismo. El Oscar inseguro, el Oscar violento; el Oscar moribundo, el Oscar maleable. Toman turnos en mi garganta, en mis circunvoluciones.
Hace tiempo que dejé de contar. Uno, dos, tres. Al final me engañan, los confundo, se me pierden (me pierdo) entre los pliegues de la piel. Me pregunto si hay alguno verdadero, real, esencial, por llamarlo de algún modo. El Oscar que subyace a todos los Oscar. Pero no lo sé. A veces siento como si ya no estoy, como si estas caras nunca fueron lo que creí que fueron. Y es que aunque no quiera, aunque cierre mis ojos, soy todos y cada uno de ellos. Soy el Oscar asertivo y el Oscar tímido; el Oscar melancólico y el Oscar risueño; el viejo y el niño; el consejero y el estoico; el Oscar que anula a otros Oscar; el Oscar oxímoron.
Soy el Oscar que ha arado en la tierra sus pasos, el que no tiene casa para amar, el que se traiciona constantemente, el que está agradecido, el que fractura el reflejo, el que habla demasiado, el que ha vivido, el que tiene muchos amigos, el que ha muerto varias veces, el que reniega de sí, el que llora, el que ríe, el que es arte, el que desespera, el que cree conocer alguna verdad, el que es un desastre, el que no sabe nada, el que encuentra algo bueno cada día, el que está solo...
Y hay más, muchos más, Oscar que aún no conozco, que están en la punta de la lengua, que son derivaciones de otros Oscar; que van por lo bajo, ocultos, y emergen cada cierto tiempo, tan fugaces que son imperceptibles, tan efímeros que creo que han muerto.
Y soy este Oscar, el que siente, el que escribe, el que extiende interrogantes irresolubles, el que ha visto a los otros, el que nunca está fuera del molde. El que tiene miedo de perderse entre otras caras.
Este escrito es una me aísla, me deja a solas con mi brumosa visión, me permite celebrar lo reprimido.
Es una reconciliación conmigo por mí y los muchos que soy.
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